Salud Ecológica: Dolor.
Emitido el
05-04-2018
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Introducción

El dolor, la enfermedad y el trauma, están totalmente unidos en la mayoría de los casos, pues la enfermedad, puede causar dolor físico y/o emocional y a su vez, traumatizar a la persona. Igualmente, un trauma, puede causar enfermedad y dolor, quedando todo unido de tal manera que, a veces, es difícil identificar qué origina qué. De este modo, es necesario tratar dolor, enfermedad y trauma desde un punto de vista holístico, es decir, teniendo en cuenta a toda la persona en su conjunto y en su contexto, incluyendo cómo se relaciona con su entorno. Hay muchas concepciones que hablan de esto:

  • El dolor desde el punto de vista metafísico
  • Los trastornos somatomorfos y su diagnóstico
  • El trauma psíquico
  • El trauma en la concepción de Freud y el psicoanálisis
  • El trauma en el conductismo
  • El trauma en el cognitivismo
  • Concepción del trauma en la práctica moderna
  • El trauma como factor de desarrollo

El dolor desde el punto de vista metafísico

Desde este punto de vista, el dolor se define como “el esfuerzo necesario para aferrarse a un pensamiento negativo”. Esto está basado en la creencia de que los seres humanos tenemos de forma innata unas cualidades naturales positivas, como son: la armonía, la fuerza, la sabiduría, el amor, etc., y que se expresan en la persona de manera espontánea y natural, sin esforzarse. Pero si se reprime esta expresión natural, se niega este pensamiento en la mente, entonces el individuo siente el dolor. Esta represión del pensamiento positivo vendría dada por las creencias adquiridas de la sociedad. Desde un punto de vista más psicológico, algunos dolores pueden ser somatizados por pacientes que presentan un trastorno psicológico no resuelto.

Los trastornos somatomorfos y su diagnóstico

Es un grupo de trastornos que afectan a una persona y que se caracterizan por molestias variadas y difusas, pero sin explicación médica clara y concluyente, porque esté debida a una enfermedad orgánica. Los síntomas físicos (dolor, vértigo, náusea, depresión, lesiones, etc.) no están explicados por ningún hallazgo orgánico, después de realizar múltiples exámenes, sin embargo, estos síntomas no son ficticios, ni inventados, son reales, aunque no tienen causa física.

Cuando se interroga por problemas psicológicos o psiquiátricos, la persona los niega. Entonces, se piensa en la existencia de un trastorno psicosomático. Esto implica la existencia de factores psicológicos que explican la aparición, duración y gravedad de los síntomas. Son el resultado de “trastornos neuróticos, secundarios a situaciones estresantes y somatomorfos” (CIE-10:F40-49) según las clasificaciones psiquiátricas internacionales (CIE-10 y DSM-IV).

a) Clasificación Según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales producido por la American Psychiatric Association, los trastornos somatomorfos reconocidos son: de somatización, de conversión, hipocondría, dismórfico corporal, por dolor, somatomorfo indiferenciado. Sin embargo, la lista de códigos CIE-10 los clasifica en:

  • Trastorno somatomorfo indiferenciado.
  • Trastorno hipocondríaco.
  • Disfunción vegetativa somatomorfa.
  • Trastorno de dolor somatomorfo.
  • Trastorno somatomorfo sin especificación.
  • Otros trastornos somatomorfos.

Incluidos entre estos trastornos somatomorfos están los falsos embarazos, la enfermedad psicógena masiva o histeria colectiva y la incontinencia urinaria psicógena.

b) Epidemiología: Se estima que la frecuencia de estos trastornos está entre un 25-75% de visitas al médico de atención primaria o de familia y están causados por problemas psicosociales, presentándose con síntomas físicos (de forma somática). Pero debido a la falta de aceptación de la persona de que el origen sea emocional, estos trastornos no se tratan debidamente, siendo diagnosticados según criterios adecuados, sólo el 5% de los pacientes.

Según un estudio de 119 pacientes de atención primaria, se encontraron las siguientes prevalencias:(1)

  • Trastorno de somatización: 1-6%
  • Trastorno multisomatomorfo: 24%
  • Trastorno somatomorfo indiferenciado: 79%

En España, un estudio estimó que aproximadamente el 1% de los pacientes atendidos por el médico de familia por una nueva enfermedad, son diagnosticados de trastorno de somatización.(2)

Según un estudio en Bélgica, el síndrome de somatización es el tercer trastorno psiquiátrico más frecuente, con una tasa de prevalencia de 8,9%, siendo los primeros trastornos psiquiátricos más diagnosticados, la depresión y la ansiedad.(3)

c) Cuadro clínico Los síntomas son variados, pudiendo limitar en todos los campos de la vida. Los problemas que se pueden presentar son: respiratorios, dolor en el pecho, gastrointestinales (colon o estómago irritable, náuseas, dolor abdominal, estreñimiento, etc.), ginecológicos (dolor pélvico o abdominal bajo, dolor en el sacro, …), urológicos (vejiga, próstata o uretra irritable, frecuencia o dificultad miccional, dolor al orinar, etc.), dolor persistente sin hallazgos físicos que lo expliquen, trastornos del sistema nervioso autónomo o endocrino, trastornos psiquiátricos (depresión, trastornos de personalidad, ansiedad,…), etc.

d) Patogenia En la somatización, la fisiopatología de este trastorno se desconoce. Se cree que puede asociarse a más conciencia en las sensaciones normales corporales, unido a una interpretación de que, tener síntomas físicos, son indicadores de enfermedad. También, puede haber mayor excitación del sistema autónomo que puede causar tensión muscular y dolor en general.

e) Tratamiento convencional Aunque no se conoce cual es la cura, normalmente se trata por un médico de familia y un psiquiatra que ayuda a reducir la frustración, el estrés y el uso de medicamentos sin control. Los medicamentos que se pautan para los síntomas psíquicos son antidepresivos a dosis bajas, (como serotoninérgicos), sedantes o ansiolíticos no benzodiacepínicos.

El trauma psíquico

Se denomina así a cualquier hecho que amenaza de forma muy profunda el bienestar (o incluso la vida) de una persona y a la consecuencia que se produce en la estructura mental o emocional de la misma.

En la Psiquiatría se define, indirectamente, como “exposición personal directa a un suceso que envuelve amenaza real o potencial de muerte o grave daño u otras amenazas a la integridad física personal, o ser testigo de un suceso que envuelve muerte, daño o amenaza a la integridad física de otra persona, o enterarse de la muerte no esperada o violenta, daño serio o amenaza de muerte o daño experimentada por un miembro de la familia u otra relación cercana (criterio A1). La respuesta de la persona al suceso debe envolver miedo intenso, sentido de incapacidad de ejercer control u horror (o entre niños, la reacción debe envolver comportamientos agitados o desorganizados) (criterio A 2)”.

El trauma en la concepción de Freud y el psicoanálisis

Freud postula que hay eventos que son traumáticos, porque evocan emociones iguales en intensidad, pero opuestas en cuanto a deseos o emociones y no hay percepción de esta situación. Además, no se puede explicar la persistencia de esos pensamientos y deseos, que parece que van en contra de la voluntad propia. En la búsqueda del origen de esas fuerzas que crean o hacen que persistan esos deseos o pensamientos y los conflictos que se generan, Freud habla de pulsión, como esa fuerza que mantiene los procesos mentales; y de los conceptos de ego, superego y el yo, como concepción de la mente divida y no totalmente racional, que provocan conflicto interno debido a la contraposición de deseos de una parte y otra.

En el trauma, hay un conflicto interno de emociones que causa exceso de energía, pero también un error en el uso de esa energía o en su descarga, que dan como resultado, unos síntomas.

Un hecho es traumático, porque aumenta esos conflictos internos, pero también, los traslada a la consciencia y ésta, no puede tolerarlos conscientemente. Para él, los síntomas traumáticos son producto, no tanto de un mal funcionamiento mental, sino de un intento de evitar dejar entrar en la consciencia el conflicto. Esto explica que una persona pueda preferir dejar de ver lo que amenaza su estabilidad, para evitar hacer frente su conflicto interno. Freud presenta el trauma y la mente, como una dialéctica, sistema de fuerzas en constante cambio y conflicto, en que los deseos se enfrentan a otros deseos, causando síntomas que afectan a la vida de la persona y a su desarrollo.

Trauma en el conductismo como contraposición al psicoanálisis

Esta visión simplifica la conceptualización del trauma, que es considerado por ellos con otra palabras, como procesos patológicos. Y estos son explicados por un modelo general de aprendizaje, el condicionamiento clásico e instrumental, que postula que una respuesta es aprendida según un estímulo concreto o como anticipación a cierta respuesta.

Un estímulo no condicionado que se asocia con una respuesta con la que no está normalmente asociado (dolor o placer), puede convertirse en un par estímulo-respuesta condicionada y promover otras respuestas condicionadas, como las reacciones fisiológicas que se asocian con los sentimientos de placer o dolor.

Como terapia y si es conveniente, se intenta cambiar esa respuesta. No se niega lo traumático, pero se propone que el mecanismo del trauma es prácticamente igual a cualquier otro proceso de aprendizaje.

Trauma en el Cognitivismo

En esta corriente, el concepto de trauma se modifica por el de estrés, ya que tiene una ventaja, y es que el estrés puede considerarse una respuesta fisiológica a ciertos eventos; siendo objetivos los signos que ayudan a determinar su existencia y su nivel.

Pero hay diferentes individuos con diferentes niveles de reacción a los mismos sucesos, incluso en lo considerado traumático. S. Fisher explica: “cuando se enfatiza una aproximación psicogénica (a las enfermedades)(4)… estamos, esencialmente considerando un modelo probabilístico en el cual los factores estresantes crean un riesgo”(5).

Las diferencias que existen vienen, además de por la herencia, la salud general, etc., por factores psicológicos, como: la forma en que se evalúan los sucesos en cuestión, si se percibe apoyo social, la forma de adaptarse o hacer frente a los sucesos y la experiencia previa del individuo.

Concepción del trauma en la práctica medica moderna

Se considera trauma a cualquier suceso extremo que es estresante, está fuera de lo habitual dentro de su cultura y produce consecuencias no deseadas en las emociones y en la conducta de la persona, produciendo síntomas asociados a trastornos de la ansiedad.

Aunque se acepta que el estrés está implicado en la génesis y evolución de muchas patologías fisiológicas y mentales, se reconoce la existencia de dos síndromes debidos a la exposición a esas situaciones extremas: trastorno por estrés agudo y trastorno por estrés postraumático.

El trauma como factor de desarrollo

Aunque un trauma, siempre se concibe como algo negativo, existen muchos ejemplos de superación que demuestran que esas experiencias, aunque son duras y difíciles de superar, puede sacarse de ellas un aprendizaje y una fuerza increíble que convierte a estas personas en un ejemplo extraordinario; como algunos supervivientes de los campos de exterminio: el actor Christopher Reeve o Martín Almada, que han superado esas experiencias y se han convertido en figuras ejemplares.

Esta superación y crecimiento después de un trauma, es considerado como poder de resiliencia, que en psicología, se refiere a la capacidad del individuo para sobreponerse al trauma y al dolor, e incluso salir fortalecido de la situación. Muchas veces, esta superación del trauma se acompaña de cambios profundos en la persona y en sus creencias filosóficas, espirituales y/o religiosas, en su manera de ver y relacionarse con el mundo y con los otros.

Según, Lawrence G. Calhoun y Richard Tedeschi, profesores de la Universidad de Carolina del Norte (en Charlotte): “reportajes de crecimiento a continuación de un trauma superan ampliamente los reportajes de desórdenes psiquiátricos”. Explican que, esos cambios positivos incluyen: “mejoramiento en las relaciones, nuevas posibilidades en la vida personal, mejor apreciación de la vida, un sentido mayor de fortaleza personal y desarrollo espiritual.

Aparentemente hay una paradoja básica comprendida por los sobrevivientes de un trauma que reportan ese crecimiento postraumático: sus pérdidas han también producido ganancias invaluables…. ellos también encuentran más fácil llegar a intimar con otros y tienen grados mayores de compasión con aquellos que experimentan dificultades”. Sin embargo, Calhoum y Tedeshi no quieren decir que este crecimiento sea fácil, pues este crecimiento postraumático puede ocurrir dentro de vivencias cargadas de bastante sufrimiento y problemas psicológicos. Entonces, este crecimiento puede que provenga más de los sucesivos intentos de hacer frente a la situación, que del trauma mismo. Sin olvidar, que hay muchas personas que no consiguen ningún crecimiento, aunque luchan por superar el trauma.

Otra concepción del trauma

Para Peter A. Levine, doctor en medicina y psicología y su colaboradora Ann Frederick, con mas de treinta años trabajando e investigando sobre el trauma y sus consecuencias, en su libro “Curar el Trauma.” (Ed. Urano), el trauma es, además de lo considerado oficialmente por psicólogos y psiquiatras, como aquello originado por acontecimientos no habituales y muy perturbadores para cualquier experiencia humana, otros sucesos que pueden causar trauma, como “accidentes, caídas, enfermedades y operaciones que el cuerpo percibe de un modo inconsciente como amenazadoras, a menudo no son consideradas conscientemente como experiencias humanas extraordinarias. Sin embargo, con frecuencia resultan traumáticas”. Sin olvidar, que hay comunidades que viven situaciones constantes de violencia, que aunque son habituales, son traumáticas (violaciones, guerras, tiroteos, etc.).

Para estos autores, el trauma: “es un hecho hiriente de la vida moderna. La mayoría de las personas han sufrido algún trauma, no sólo los soldados o las víctimas de abusos o de agresiones. …incluye los desastres naturales…, la exposición a la violencia, los accidentes, las caídas, las enfermedades graves, las pérdidas súbitas…, la cirugía y otros procedimientos médicos o dentales necesarios, los partos difíciles e incluso niveles elevados de estrés durante la gestación”.

Para ellos, los traumas no están provocados por el suceso desencadenante, sino por el residuo de energía que se queda congelado, no resuelto, no descargado, quedándose atrapado en el sistema nervioso y enfermándonos, causando así, los síntomas del trastorno por estrés postraumático (TEPT), como problemas psicosomáticos y de comportamiento: ansiedad, depresión, etc. “La diferencia entre la carrera interna del sistema nervioso (motor) y la inmovilidad externa (freno) del cuerpo, crea una poderosa turbulencia, similar a la de un tornado, en el interior del organismo. Este tornado de energía es el punto focal a partir del cual se formarán los síntomas de estrés traumático”. Según esta concepción, un individuo amenazado tiene que descargar toda la energía que se moviliza para hacer frente a esa amenaza o quedará atrapado en el trauma. “Dado que los síntomas traumáticos son casi siempre resultado de las respuestas primitivas, muchas veces son difíciles de reconocer”. Los síntomas que se desarrollan, son el modo que tiene el cuerpo para dominar la energía acumulada y en los intentos de descargar esa energía, puede el individuo quedarse atrapado. Pero, cuando esas energías son adecuadamente movilizadas y encaminadas, estas mismas potentes energías que causan los síntomas traumáticos, pueden transformarlo y llevarlo a la curación y a la sabiduría. “…todos tenemos la capacidad de curar el trauma”. “…los síntomas traumáticos son tanto fisiológicos como psicológicos…El quid de la cuestión reside en que seamos capaces de reconocer que el trauma representa unos instintos animales sesgados. Cuando son aprovechados, estos instintos pueden ser utilizados por la mente consciente para transformar los síntomas traumáticos en un estado de bienestar”. “Las raíces del trauma residen en nuestra fisiología instintiva…si queremos descubrir la clave para curarlo, deberemos hacerlo tanto a través de nuestro cuerpo como de nuestra mente”. “La curación del trauma es un proceso natural al que es posible acceder a través de una conciencia interna del cuerpo”.

Recurrir constantemente a los recuerdos traumáticos, puede interferir en la sabiduría innata que tiene nuestro cuerpo para la curación y causar más trauma. Para superar el trauma necesitamos el apoyo y la seguridad de nuestros seres queridos. Las sensaciones corporales, como la ansiedad, el temblor…que provienen de los síntomas traumáticos, si nos permitimos sentirlas, pueden ser un potencial creativo que ayude a la curación. Pero este “proceso de curación creativo”, puede bloquearse por usar medicamentos durante mucho tiempo, pues suprimen los síntomas, para controlar la situación; o por la negación de las emociones y sensaciones. “…es posible curar el trauma….en muchos casos puede hacerse sin demasiadas horas de terapia; sin revivir los recuerdos dolorosos y sin tener que confiar en un uso continuado de medicación”. Sin olvidar, que en algunos casos, sea necesaria la ayuda profesional y medicación apropiada, para ayudar al proceso. “Cuando aprendemos a estar presentes, el pasado carece de importancia; cada momento se convierte en un momento nuevo y creativo”.

Debido a nuestra forma de vida actual, cada vez dependemos más del desarrollo de nuestra capacidad intelectual y menos de responder físicamente, separándonos de nuestra parte instintiva y natural, y haciéndonos más vulnerables al trauma. “Muchas personas traumatizadas sienten que viven en un infierno personal que es imposible compartir con otro ser humano”.

Los síntomas típicos que resumen la lucha diaria de las personas traumatizadas son: miedo a todo, incluso pánico, a la muerte, a salir de casa, levantarse por la mañana, a la ira o el enfado, al rechazo, el abandono, al éxito y al fracaso, etc.; dolor físico que puede ser muy intenso, en el pecho, en los brazos y piernas, de cabeza, estomacal, dolor menstrual muy intenso, etc.; exceso de nervios, aceleración de corazón, desorientación, falta de energía, desmotivación, exceso de frío, boca seca, insatisfacción aunque se consigan logros; sentimientos de pérdida, de confusión, de indefensión; depresión y desesperación a diario con arranque de ira y rabia sin control, etc. En resumen, se puede representar como un círculo vicioso de miedo e inmovilización. Como estos síntomas y sus emociones no están bien considerados, se intentan reprimir y negar, dificultando la curación.

La habilidad para hacer frente adecuadamente a un peligro viene determinada por: el suceso en sí, su frecuencia y gravedad; el contexto de la persona cuando se produce el suceso (si tiene apoyos familiares o de amigos, como se alimenta, si está enfermo, etc.); la fisiología de cada individuo (su fuerza, rapidez, resistencia, edad, nivel de desarrollo, etc.); habilidades aprendidas; la sensación de poder enfrentarse o no al suceso (sensación de seguridad o inseguridad interna o externa); recursos externos de seguridad del entorno; recursos internos (la experiencia, actitud psicológica y respuestas instintivas o planes de acción innatos: reacciones de lucha y huida); y los antecedentes de éxito o fracaso en situaciones parecidas.

Ejemplos de antecedentes traumáticos son: el trauma fetal y natal, pérdida de un progenitor o un familiar, enfermedades, fiebre alta, intoxicación, lesiones físicas, caídas, accidentes, maltrato físico o/y psicológico, ser testigo de situaciones violentas, desastres naturales, algunos procesos médicos o dentales y cirugías, anestesias, inmovilizaciones de miembros durante largo tiempo (piernas, brazos o torsos enyesados, etc.). Biológicamente, la percepción de nuestro sistema nervioso pesa más que la de nuestro intelecto, pues aunque pensemos que una cirugía, por ejemplo, es necesaria, nuestro organismo, puede que no lo sienta igual, y a nivel celular, puede sentir que ha estado en peligro de muerte. La solución para curar el trauma, no reside en enfrentarnos a él directamente, sino en el trabajo con sus síntomas, percepciones y sensaciones corporales, pues así liberamos las energías bloqueadas. Esto implica escuchar nuestro yo interno y nuestro organismo.

Para estos autores, el cerebro humano tiene tres componentes: El cerebro reptil: presente en todas las especies, es la parte que contiene los instintos de conservación y reproducción; su lenguaje, es la sensación corporal y los comportamientos que se crean en su núcleo, son la clave para desbloquear el trauma. El cerebro límbico: compartido por los mamíferos, es el lugar donde residen los comportamientos sociales y emocionales, mejorando y complementando los impulsos instintivos del cerebro reptil. El cerebro racional: sólo lo tienen los humanos, es la parte donde se desarrolla el intelecto. Así, el instinto, la emoción y el intelecto, trabajan unidos para ofrecer todas las opciones posibles a elegir en un momento dado. “El sentido del –yo soy yo- es instintivo. Nuestro cerebro mamífero amplía este sentido a –nosotros somos nosotros-: pertenecemos, juntos, a este mundo. Nuestro cerebro humano añade un sentido de la reflexión y de la conexión que va más allá del mundo material”. Las raíces del trauma residen en la conexión de los instintos con los sentimientos, que a su vez, nos dan el sentido de pertenencia a la Tierra y a los demás.

Curar el trauma, implica integrar nuestras tres partes del cerebro, convirtiéndonos en “animales humanos completos”, haciendo posible el desarrollo de nuestro máximo potencial. Podemos encontrar multitud de teorías que tratan de explicar el trauma y cómo curarlo. Es posible que los síntomas del trauma puedan estar ocultos durante mucho tiempo, incluso las vivencias traumáticas y todas sus imágenes, se pueden bloquear en la memoria, quedando relegadas al subconsciente, esperando que llegue el momento apropiado, el momento en que la mente y el cuerpo están preparados para afrontarlos.

Fuentes:
Pendientes.

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